Aquel invierno se hizo largo

Ensayo de la soledad

No fue la soledad sino la aventura la que un día llamó a la puerta, en forma de falsas promesas. Promesas que se habían ido apuntalando durante muchos años. No conocía a esta aventura, pues durante toda mi infancia me había mantenido alejado de ella. Siempre creí que el verdadero sentido de la vida era complacer a los demás. Recuerdo que jamás me discutí con nadie y si lo hacía, era para complacer el deseo de otro. Intenté complacer a toda la gente de mi entorno, menos a una persona.

Un dia nos encontramos de casualidad, yo caminaba por la calle y esa persona caminaba en el mismo sentido que yo, no nos habíamos visto pese a ello. Me acuerdo de ese momento, como si fuera ayer mismo, pese a que fue hace quince años. Recuerdo como le miré y el giró su cara para mirarme a mi. nuestras miradas quedaron entrecruzadas. El silencio se hizo presente en nuestra conversación. Pero en la mirada se reflejaba todo. El había sido mi guia y mi mejor amigo una época, le había prometido que jamás le fallaría. Que siempre podía venir a mi para hablarme de sus problemas.

Pero apenas recordaba su mirada, era una mirada apagada, los labios cerrados mientras hacía pasar saliva y apartaba algo de la lluvia de su cara. Me acerqué a él… De más cerca vi una herida en su brazo, muy reciente, quizás se la había provocado el mismo. Sus ojos no me lo querían decir, – Que te ha pasado?- Fueron las únicas palabras que salieron de mi boca en la que las gotas seguían resbalando, cruzadas con las lágrimas.

No hubo respuesta. Alargué mi mano para tocarle, el alargó su mano para que no llegara a tocar su brazo, y nuestras manos se encontraron. Tras muchos años, no hizo falta ningún sonido más. El momento cruzó el atardecer, – No volveré a dejar que te hagan daño, no volveré a dejar que te hagas daño, tienes mi palabra- fueron mis ultimas palabras ese día con el, mientras poco a poco se convirtió en una visión más oscura que desaparecía, sin moverse, a través del cristal. Esa persona tenía un nombre propio, formado por partes de mi, pero no era el mio.

Volví a casa, esa tarde si, con una energía sin fin, pese a que seguí cometiendo mil errores, luché por hacer lo que creyese,  y los años pasaron. Crucé el arco de la madurez en un momento en el que me había refugiado en musica y arte más propios de un joven de la generación anterior. Mi cuerpo pedía aventura, aprendí a obtenerla, imitando a una persona que había abierto su espacio a mi, en tierras lejanas encontré alguien que se presentó ante mi como una aventura. Me acuerdo hundirme en ese pozo sin fondo de mentiras durante cuatro largos años.

Fue en el momento de máxima oscuridad cuando busqué a mi amigo largamente perdido en el reflejo, pero ya no estaba. Había sido engullido, la persona que se presentaba ante mi era un desconocido, que había sido creado durante mil madrugadas sin dormir. Que había estado alimentándose del resentimiento de quien abandona su futuro por un presente falsamente placentero. Luché contra esa aparición, rescaté con esfuerzo a ese chico de dieciocho que no había vivido aún. Rescaté sus sueños y sus virtudes. Pero ya no era igual, fueron unos años duros, donde conocí mil almas y me ayudaron a recuperar esos días perdidos. Creo que fue en ese momento donde encontré un alma igual que la mía.

Inocencia. Creo que esa es la palabra que se olvida cuando la aventura llama a tu puerta. Más peligrosa que ninguna otra por estar disfrazada de futuro. En esos términos recuerdo haber marchado dejando todo atrás. Sin haber entendido que era realmente el mensaje de un libro que me había encargado de escribir página a página. Un iluso de las palabras no puede hacer más que tropezar otra vez con la misma piedra. Así fue. Esa piedra vino en forma de la más tierna de las sonrisas, mostrada por alguien que recobraba la libertad.

Es curioso como un mismo gesto puede ser interpretado de mil formas distintas. Como un gesto puede repetirse entre dos personas mil veces y tener cada una de ellas un significado diferente. Como una sonrisa puede romperte y dejar salir el caos de lo más profundo de tu alma, desatar el infierno a tu alrededor, cubierto con sonrisas, caricias, momentos vacíos llenos de gente.

La aventura me situó en un ciclo vicioso, representando en el teatro de la propia vida, como si fuera una obra de culto y arte nocturno que se expone en la ciudad. Con nocturnidad, era yo el guionista y espectador. Me dejaba llevar. Era un momento en el que las mentiras y las verdades se transformaban en mi mente. No recuerdo cuando vendí mi alma, pero se que fue para pagar una ronda más de ese elixir que nublaba mi mente. Un ciclo constante de creación, disfrute, destrucción y aislamiento.

Si existía un infierno, yo lo rebauticé. Su nombre era éxito, su puerta era el mar. Las ventanas me daban largas muestras del mismo. Me apartaba de mis obligaciones, las que compruebas haber completado antes de dormir. La felicidad embriagaba en una mentira llena de miedo a un fracaso que nunca llegaba. Me emborrachaba de obras de teatro que se representaban con duetos en un sofá de cuero frente a un publico que miraba sin aplaudir.

Cada espectador de esa obra la veía de una forma distinta. Donde unos veían una conversación informal, otros veían una guerra. Creo recordar que alguien desde una tribuna me dijo –Eres un mentiroso, ese no eres tu.– Estaba todo en el guión, pero mi careta cayó, mi gesto enérgico, hizo que se desvaneciera todo el mobiliario en aquella pequeña escena y la luz del escenario se centrara solo en mi. Mi cara sudorosa por el calor del foco intentaba escudriñar entre el palco la cara de aquel que osaba contradecirme. –No es tanto pedir ser feliz, ¿verdad?– 1, 2, 3…. Fundido en negro, silencio en el palco, aplausos ruidosos, estruendosos. La obra de mi vida representada con total fidelidad había arrancado aplausos, y en mi, lagrimas de felicidad.

Una mano cogió mi hombro, lo hizo con dulzura, no estaba en el guión. Leyó una frase en un papel que no había escrito yo -Solo si sabes bailar el ritmo adecuado-. Nos cogimos, ella de mi hombro, yo de su cintura y bailamos un vals para dos, sin cambios de ritmo ni de pareja. Los minutos se hicieron días, los días años. El publico empezó a marchar, la obra les aburría, no tenía color ni sabor.

Una noche tras la función salí del teatro, ligeramente desanimado, había bailado tanto que mis pies no recordaban lo que era caminar. Creo que me giré esperando a que saliera mi pareja de baile y miré al teatro horrorizado, había un cartel en la puerta apoyado, no conseguí leer quien era el guionista, pero me lo podía imaginar. En el cartel aparecía yo, en el centro de una gran imagen, rodeado de todo tipo de animales mitológicos, conflictos bélicos y cuantas representaciones del riesgo y el éxito como la mente del dibujante pudo imaginar, lo peor de todo fue darme cuenta que la fecha del estreno estaba muy proxima. Y que en el fondo me gustaba esa idea.

Me despedí de mi compañera de baile, para poder ensayar la función. Mi mente se llenó de los futuros vítores que recibiría. De todos los premios que recolectaría, junto a flores y abrazos. Que gran decepción fue ver que el dia del estreno no se vendió ni una entrada. Había corrido la voz de que detestaba el art nouveau en el que se basaba mi obra. Creo que fue entonces cuando me fuí de ese escenario decrepito y recogí las maletas que había dejado en el interior.  Sobre una de esas maletas había una carta. No tenía remitente, estaba llena de polvo. Al retirar esa capa de tiempo, recuperé el olor de la persona que había escrito la carta, mi compañera de baile, no me hacía falta leerla, sabía a donde tenía que ir.

Recorrí la ciudad, tan rápido como me permitieron mis piernas, encontré carteles de ella por toda la ciudad, estrenaba una función, ella era la protagonista. Nada más entrar al recinto donde actuaba, un guarda de seguridad me impidió entrar al escenario, -Solo para artistas- Decía, como si yo no fuera más que un muerto de hambre sin futuro. Tuve que quedarme de pie en última fila junto a la pared, porque no tenía dinero para pagar una silla mas cercana. Desde ahí, presencié el baile más bello que jamás vi, era una pareja hecha el uno para el otro. La carta seguía en mí mano, que la apretaba con impotencia, tuve que abrirla, ahí debía haber un error, dentro tenía que estar el guión, los pasos del baile, un beso y un corazón, algo.
Solo vi dos palabras escritas con la marca de un lápiz de ojos, corrido por las lagrimas, arrastrado con el dedo y escrito con rabia.

NO VUELVAS

Corrí, corrí tan lejos que la ciudad desapareció de mí vista, llegué a sitios que jamás había visto, llenos de belleza y con un maravilloso olor a jazmin y seguí corriendo. Miré al espejo y por primera vez no vi mí reflejo, vi el reflejo que tenían de mi los demás. Tuve que contener un grito ahogado, era la forma que había trabajado tan duro por destruir años atrás. Ahí estaba, mirándome con una sonrisa picara. Estaba orgulloso de estar ahí. Me empezó a enumerar las veces que fuí advertido por las personas del teatro, como él escribió los guiones que tan ciegamente seguí. Como firmó el contrato de la nueva obra de teatro. Quise estrangularlo, pero el cristal me lo impedía. -Ya soy tu-.

El espejo saltó en mil pedazos, yo mismo lo rompí. La criatura que estaba tras ese espejo no podía ser yo, estaba atrapado al otro lado. Pero no me podía permitir que volviera a salir. En una pequeña esquina de ese espejo ahora roto, encontré a mi antiguo amigo. Su mirada estaba en blanco, sentado en una silla de ruedas, catatónico, le caía la baba por las comisuras de sus labios sin energía. La única forma de saber que estaba vivo, era al notar su calor y escuchar latir muy lentamente su corazón. Le pedí ayuda a una de las pocas personas que me conocía tanto como yo mismo. Me ayudó a rescatar a ese pequeño habitante del espejo roto. Lo trajo a nuestro lado y me ayudó a cuidarlo día a día, alimentarlo con esmero y contarle todos los planes maravillosos que pensaba hacer con el cuando se recuperase.

Durante dos largos años, lo llevé en silla de ruedas, lo hacía despertar por la mañana, lo sacaba a que le diese el sol, alguna vez le vi mover sus dedos al son de una musica de vals, mientras nuestras caras lloraban a la vez. A veces lo llevaba a ver el mar. Le contaba mis maravillosas aventuras y el hacía una mueca. Sus primeras palabras fueron mientras volvía a contar por enésima vez mi último viaje. Me dijo, –No vuelvas– Antes de pedirme con la mano que le diese media vuelta para que no viera el mar.

No supe volver a hablar de aventuras nunca más. Empecé a explicarle el mundo que nos rodeaba, el sonreía. Empecé a explicarle como empezaba a crear cosas, como me valoraban no por mis actuaciones, sino por mis resultados, como crecía día a día. Un día se levantó de la silla. Se cayó, pero fue uno de los momentos más maravillosos que recordaba en meses. Cada mañana al despertar, antes de ir a trabajar, le decía cuanto le quería. Cuanto deseaba que se recuperase. Que todo sería diferente esta vez. Que ya no estaba solo. Que había cambiado y había madurado.

 

El ser del espejo me guiñó un ojo.

José García de las Bayonas

Licenciado en máquinas navales. Jefe de calidad en SoléDiesel. Administrador de la página web Mardecuriosidad.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *